Por Amarilys Ramos/B.A.
¿Vives sumergido en tus pensamientos? Hace poco comprendí que pensamiento y pensar no son lo mismo, y quiero explicártelo, porque muchas veces sufrimos sin entender de dónde viene ese sufrimiento.
Los pensamientos forman parte de nuestra naturaleza. A todos nos llegan pensamientos, y no siempre podemos controlarlos. Pero pensar no es lo mismo que tener un pensamiento.
Pensar es el juicio que hacemos sobre ese pensamiento. Es el tiempo que permanecemos analizándolo, repitiéndolo y dándole significado. Y es ahí donde, muchas veces, comenzamos a caer en un pensar negativo.
Cuando ese pensar se sostiene, termina influenciando nuestras emociones y, finalmente, nuestras acciones. Así es como, a partir de un pensamiento, comenzamos a actuar de manera negativa.
Aquí un ejemplo de pensamiento: Mi esposo es camionero.
Pensar: Siempre estoy sola. Siempre tengo que lidiar con mis hijos sola. Es demasiada responsabilidad toda la semana. Las semanas se me hacen muy difíciles y estresantes.
No es fácil. A veces siento que no puedo más.
¿Por qué es importante entender esto?
Hoy podemos comenzar a tomar acción sobre la manera en que pensamos. Cuando nos llega un pensamiento, es muy probable que inmediatamente comencemos a analizarlo y a quedarnos atrapados en ese pensar.
De allí surgen nuestras emociones negativas y, finalmente, nuestro sufrimiento. Pero cuando somos conscientes de cómo funciona este proceso, podemos tomar la decisión de dejar de pensar, de no quedarnos atrapados, y así reducir el impacto negativo de nuestros propios pensamientos.
Una estrategia práctica
Cuando me llega un pensamiento que sé que, si me quedo estancada en él, solo me va a causar sufrimiento, lo que hago es detenerme y evaluar:
- Si sé que ese pensamiento no me aportará nada y que detrás de él vendrá un pensar negativo, suelo usar una estrategia lúdica: me imagino una calle con un semáforo y le digo a ese pensamiento: “¡Bye! La luz está verde, te tienes que ir.”
- En cambio, si el pensamiento puede ser productivo o constructivo, puedo decidir:
“La luz está roja, vamos a pensar un ratito en esto”, porque sé que me dará resultados positivos.
No siempre pensaba así; no siempre era consciente de esto. Pero a medida que aprendí a diferenciar entre pensamiento y pensar, esta es la estrategia que suelo aplicar.
Y tú también puedes hacerlo: tomar decisiones conscientes sobre en qué pensamientos invertir tu energía y cuándo dejarlos ir. ¡Tú puedes!
