De la deuda a construir su propio camino

Por Edith Campos/La Taxista

Eran casi las 10 de la noche y estaba lloviendo, me encontraba manejando sobre la Grand Avenue, dando la vuelta hacia la Lewis Avenue en Waukegan. Sonó mi teléfono y era Javier. Se me hizo extraño recibir su llamada, porque hacía meses no me llamaba para solicitar algún traslado, tomé la llamada y de inmediato me dirigí a recogerlo en un negocio ubicado en la Washington Avenue.
Justo al llegar la lluvia paró, fue cuando bajé el vidrio de la ventana del carro que el olor a tierra mojada se coló al auto. No esperé mucho para que Javier saliera y se subiera al carro en el asiento trasero.
Ahí, Javier, quien hablaba despacio, con pausas que parecían pesar más que las palabras y con una voz se quebraba por momentos, pero seguía platicando, porque necesitaba que alguien escuchara la historia que lo marcó de por vida.
“Llegué solo a este país”, comentó mirando por la ventana. “Venía con lo puesto y con la esperanza de trabajar, nada más”.
Poco después, Javier me contó que su tía le ayudó a traer a su madre y a sus dos hermanos a este país. Pagó al “coyote” y, a cambio, les ofreció trabajo en su restaurante y un lugar donde vivir. A primera vista, parecía un acto de bondad. Pero pronto descubrieron la otra cara de la moneda: sueldos por debajo del mínimo, una vivienda en malas condiciones y la deuda con el coyote que había que pagar con cada hora de trabajo.
‘Era como estar amarrados”, confesó. “Mi mamá trabajaba todo el día, y aun así nunca alcanzaba para nada. Dormíamos en un cuarto pequeño, húmedo, mientras parte de nuestro salario volvía al bolsillo de mi tía’.

Libertad en los techos
Javier, comentó que como él había llegado antes y sin deuda, decidió buscar otra alternativa. Comenzó en roofing (techos), cargando materiales, midiendo pendientes y soportando días enteros bajo el sol o la lluvia. Cada techo terminado era un pequeño triunfo y un paso más lejos de la deuda invisible que lo perseguía.
“Recuerdo el primer día que puse una teja sola”, comentó. “Tenía miedo de caerme, pero me sentía satisfecho de mi trabajo y de mi esfuerzo”.

El amor y la tormenta
El amor llegó en medio del caos, conoció a una joven y tuvieron una hija. Pero la felicidad duró poco. La inestabilidad emocional de ella convirtió el hogar en un campo de batalla. Entre discusiones, reclamos y llamadas constantes, Javier veía cómo su hija crecía en un ambiente inestable.
“Yo quería un hogar sano para mi niña, pero los abogados me dijeron que pelear la custodia era imposible con mis ingresos. Fue un golpe duro”, describe.

Mientras manejábamos rumbo a su destino, mencionó lo mucho que le gustaba visitar a su hija, que para él era un instante de luz, pero también un recordatorio de lo que no podía cambiar. Su expareja lo vigilaba en redes sociales, lo chantajeaba con no dejarlo ver a su niña, y, además, alejaba a cualquier mujer que intentara acercarse a él.

Un futuro propio
A pesar de todo, Javier no bajó los brazos, dijo que guardaba cada dólar, buscaba trabajos por su cuenta y poco a poco levantó su propia compañía de roofing. Compró una camioneta, herramientas y contrató a sus primeros empleados.
“No era solo por el dinero, era por dignidad. Ya no quería que nadie me dijera cuánto valía mi esfuerzo”, comentó.
Tiempo después conoció a su esposa, una mujer mexicana, quien se convirtió en su pilar. Ella ayudaba con clientes, contabilidad y coordinación de proyectos, incluso, estando embarazada y enferma. No pedía sueldo, solo confiaba en él y en su capacidad de salir adelante, dijo Javier.
Sonriendo y viéndolo por el espejo retrovisor, comenta que: “Recuerdo un día que estábamos pintando un techo juntos. Ella sostenía las herramientas, me pasaba clavos, me recordaba medidas, todo mientras cuidaba de nuestra hija recién nacida. En ese momento supe que juntos podíamos enfrentar cualquier cosa.

Hacia el horizonte
Hoy, Javier tiene dos hijos más y un negocio que crece poco a poco. Su expareja todavía lo acosa, pero él aprendió a proteger su vida y su familia. Además, pagó la deuda del coyote, y su mamá ya no tiene que trabajar, y además sus hermanos comenzaron a estudiar.
“Antes me quebraba fácil, ahora tengo lo mío y puedo mirar al futuro con esperanza’, enfatiza.
Cada techo que coloca no es solo una construcción, asegura que es un símbolo de resistencia, de lucha y de amor. Mientras el taxi se detiene en el semáforo, uno comprende que historias como la de Javier se repiten entre miles de migrantes, vidas marcadas por sacrificios, injusticias y pérdidas, pero también por una increíble capacidad de levantarse y construir algo propio.